
El Tholos del Cerro de la Barca, ubicado en el municipio de Valdecaballeros, representa uno de los testimonios arqueológicos más significativos del periodo megalítico en Extremadura. Situado estratégicamente en un cerro de 408 metros de altura en la confluencia de los ríos Guadiana y Guadalupejo, este monumento dominaba históricamente el paso natural desde la Meseta hacia las vegas del Guadiana. Aunque la fisonomía del paisaje se vio alterada por la construcción del embalse de García Sola, el yacimiento conserva su relevancia como centro ceremonial y funerario de primer orden. Este tipo de construcción, denominada tholos, se distingue de los dólmenes “de cámara y corredor” por su sofisticada arquitectura de “falsa cúpula”, lograda mediante la técnica de aproximación de hiladas de piedras de manera concéntrica, que se van cerrando hasta ser coronadas por una losa superior, dando así la idea de una cúpula. Asimismo, su cronología suele ser un poco más tardía que la de los dólmenes de corredor, ya que éstos suelen abarcar el periodo entre el Neolítico Final y el Calcolítico (IV milenio a.C. hasta mediados del III milenio a.C.), mientras los “Tipo Tholos” se encuadran en el periodo plenamente Calcolítico (III milenio a. C.). El monumento está compuesto por una cámara circular de unos cuatro metros de diámetro, delimitada por grandes losas verticales u ortostatos, y un gran corredor de acceso que supera los catorce metros de longitud. Esta extensión del pasillo no es casual, sino que responde a una carga simbólica que enfatiza el tránsito ritual entre el mundo de los vivos y el espacio sagrado de los muertos, orientado precisamente hacia el este para coincidir con el orto solar. En cuanto a su cubierta, apenas conserva la primera de las diferentes hiladas que formaban su falsa cúpula.

Más allá de su arquitectura, el valor del Cerro de la Barca reside en su riqueza simbólica y artística, manifestada a través de grabados y restos de pintura en las piedras de la cámara. Entre los motivos identificados destacan soliformes, “cazoletas” y formas reticuladas, que evidencian un complejo lenguaje visual vinculado a las creencias espirituales y la observación de los ciclos naturales de las comunidades prehistóricas. Resulta especialmente notable el hallazgo de una inscripción en uno de sus ortostatos, realizada en “escritura del Suroeste” (también llamada tartésica): se trata de 25 caracteres que, según la bibliografía, parece hacer alusión a la defunción de un personaje llamado Oise. Este hecho demuestra que el monumento mantuvo su importancia, y fue reutilizado siglos después de su construcción original, incluso durante la Edad del Hierro.
Las excavaciones arqueológicas más recientes han permitido recuperar parte del ajuar funerario que, a pesar de los expolios sufridos a lo largo del tiempo, incluye cientos de cuentas de collar fabricadas en materiales como talquita y calaíta, así como puntas de flecha de sílex y fragmentos cerámicos. Estos objetos no solo revelan el alto nivel técnico de sus creadores, sino también la existencia de una estructura social jerarquizada donde ciertos individuos recibían honores especiales tras su fallecimiento.
