
El dolmen de Lácara se sitúa en el término municipal de Mérida, aunque se localiza a medio camino entre las localidades de Aljucén y La Nava de Santiago. Representa una de las cumbres de la arquitectura megalítica de la Península Ibérica. Se trata de un sepulcro de cámara y corredor de dimensiones monumentales. Su cronología se sitúa, según las investigaciones arqueológicas más recientes, en el periodo Calcolítico (aproximadamente entre el 3000 y el 2500 a.C.), aunque su construcción original podría hundir sus raíces en el Neolítico Final. Este monumento no solo destaca por su escala física, sino por lo que representa en términos de cohesión social, capacidad técnica y simbolismo ritual de las comunidades de la Edad del Cobre en la actual Extremadura.
Su estructura arquitectónica se define por una cámara poligonal de gran tamaño construida con siete enormes ortostatos de granito, a la que se accede a través de un corredor cuya longitud supera los 20 metros. Del total de los ortostatos que conforman la cámara, solo uno conserva la altura que tuvo en origen, que se sitúa en los 5,2 metros. Originalmente, la cámara estuvo cubierta por una gran losa que hacía las veces de techumbre, y todo el conjunto cubierto por un túmulo de tierra y piedras de considerables proporciones, cuyo diámetro se estima superior a los 30 metros. El corredor, que presenta una longitud notable, servía como zona de transición entre el mundo de los vivos y el espacio sagrado de los ancestros. La cámara funeraria, por su parte, es el epicentro del monumento; en ella se depositaban los restos humanos junto con ajuares, que incluían puntas de flecha de sílex, ídolos placa, hachas pulimentadas y elementos de adorno como cuentas de collar de diversos materiales.

Desde una perspectiva técnica, el dolmen de Lácara es un prodigio de la ingeniería prehistórica. La extracción de los bloques de granito, su transporte desde las canteras y su colocación vertical requirieron un nivel de organización social complejo y una mano de obra numerosa, merced al enorme peso de las piezas que componen su estructura. La precisión en el ajuste de las piedras y la orientación del corredor hacia la salida del sol (Este), sugieren un profundo conocimiento del entorno y de los ciclos astronómicos por parte de sus constructores.
A lo largo de los siglos, el monumento ha sufrido diversas vicisitudes. Durante la ocupación romana y periodos posteriores, el dolmen fue objeto de reutilizaciones y, lamentablemente, de expolios que alteraron su estado original. A principios del siglo XX, la cúpula que cubría la cámara fue dinamitada para aprovechar el granito, lo que provocó el colapso y un notable deterioro de la estructura. No fue hasta las excavaciones sistemáticas iniciadas en la década de 1950 por el Dr. Martín Almagro Basch, y las intervenciones arqueológicas de restauración en fechas más recientes, cuando se pudo recuperar gran parte de su morfología y comprender su importancia histórica.

El análisis del registro material hallado en Lácara permite a los arqueólogos reconstruir los rituales funerarios de estas poblaciones. El dolmen funcionaba como un panteón colectivo donde los enterramientos se sucedían a lo largo de generaciones. El ajuar funerario, compuesto por piezas de gran calidad técnica, refleja una sociedad que ya presentaba ciertos niveles de jerarquización y una red de intercambios comerciales a larga distancia, como demuestra la presencia de materiales no autóctonos como el sílex de los cuchillos y puntas de flecha, o la cornalina y la variscita de algunos de los adornos hallados en las excavaciones. La monumentalidad del dolmen de Lácara actuaba, además, como un marcador territorial, reafirmando la propiedad de la tierra y la conexión espiritual de la comunidad con sus antepasados en un paisaje dominado por las dehesas extremeñas.
Bibliografía