Historia del Museo

El Museo Arqueológico Provincial de Badajoz surge, como otros tantos, del proceso de desamortización de bienes eclesiásticos y en poder de manos muertas que realizó el estado español a mediados del siglo XIX.

La venta de monasterios y otros bienes dejó en poder del Estado una cantidad considerable de objetos de valor histórico y artístico, que la administración intentó salvaguardar creando una Comisión Nacional de Monumentos dependiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y una red de Comisiones Provinciales de Monumentos dependientes de aquél y presididos por el Jefe Político (hoy Gobernador Civil). Fue una situación complicada por los ajetreados avatares de la política del momento, pero fue el arranque de la tradición estatal de intervención y protección del legado histórico de este país. De aquí nacieron la práctica totalidad de los museos provinciales españoles y algunos de los nacionales.

En Badajoz, la Comisión Provincial de Monumentos se constituyó el día 11 de Julio de 1844, y puede ser interesante copiar el primer párrafo del primer acta de su primera reunión:

En cumplimiento del Real Decreto de trece de Julio sobre la creación de esta Corporación, fueron nombrados Vocales de la de esta Provincia por la Excma. Diputación Provincial Don Fermín Cornado y Don Fernando Pinna, como personas inteligentes en las bellas artes; y por el señor jefe político los señores D. Pedro Delgado Muñiz, Doctoral de esta santa Iglesia Catedral, D. Ramón López, abogado y D. Valentín Falcato, Arquitecto. Reunidos dichos señores y previo aviso del señor presidente, manifestó éste cuán grato le era verse rodeado de unas personas tan ilustradas y celosas de las glorias nacionales, y de la de esta provincia en particular y que se prometía los más felices resultados de su tarea.”

Todo muy protocolario. Quede constancia al menos de los primeros integrantes de la Comisión, y la buena fe y buenas intenciones que asistieron al alumbramiento.

Entre los cometidos de la Comisión estaba el recuperar los libros y cuadros de los monasterios desamortizados, y debemos reconocer que su labor no fue precisamente un éxito. Libros consiguieron algunos, pero cuadros casi ninguno. La razón está en que en los pueblos se trasladaron cuadros e imágenes a las parroquias y que los alcaldes, ansiosos como siempre de que nada salga de sus pueblos, no dejaron que se recogiera objeto alguno amparados en la devoción que el pueblo sentía hacia los mismos, o en el según ellos escaso valor artístico que tenían.

La gran obra de esta comisión fue otra. Realizó una encuesta por todos los pueblos de la provincia sobre los monumentos, iglesias, murallas y restos arqueológicos de todas las épocas. Y lo curioso del caso es que los pueblos contestaron. El archivo del museo conserva la encuesta, que es un perfecto diagnóstico del estado del patrimonio cultural de Badajoz a mediados del siglo XIX. La Comisión continuó existiendo a trancas y barrancas hasta 1863, con una actividad cada vez más mortecina.

Don Tomás Romero de CastillaFue necesario refundarla en 1867. La fecha exacta fue el 16 de abril de dicho año, celebrándose la primera sesión el día 13 del siguiente mes de Julio. En la primera de las fechas aparece por primera vez en la historia de este museo un personaje singular, don Tomás Romero de Castilla. Sobre todo educador, función que ejerció en el Instituto de Segunda Enseñanza como catedrático de Psicología, Lógica y Ética, fue también conocido filósofo krausista, polemista, periodista y Secretario de la Comisión Provincial de Monumentos desde 1867 hasta 1904. Fue el auténtico fundador y motor de este Museo Arqueológico.

Volviendo a la refundación de la Comisión Provincial de Monumentos, don Tomás explicó sobradamente las circunstancias:

No eran, empero, el mejor augurio ni prometían grandes esperanzas a la Comisión las circunstancias que la rodearon en su origen, y los precedentes que la legaba la antigua Junta de Monumentos. Se encontró privada de las condiciones de viabilidad que son más precisas a una Corporación: no la fue destinada local donde celebrar sesiones y establecer su Secretaría y Archivo; ni se puso a su servicio empleado alguno o dependiente, y ni aún venía en costumbre, no obstante ser precepto legal, el consignar en los presupuestos provinciales cantidad alguna para su atención.”

Pasa Don Tomás a explicar la escasa receptividad social que encontró la Comisión:

Ha escuchado en sitios, bajo cierto punto de vista autorizados, que se ha combatido la importancia del objeto de sus gestiones, y se ha pedido por ende su supresión; allí mismo ha oído, no diremos si con dolor o con asombro, llamar pedruscos a estatuas del arte clásico; ochavos viejos a las monedas y medallas de su Gabinete; hierro enmohecido a armas que al mérito de la más remota antigüedad unen el de su primorosa construcción; y tras de esto, los lamentos consiguientes por el dinero mal gastado en trasportar o adquirir tan inútiles bagatelas. Y notable coincidencia que ofrece a la vez singular contraste, este ataque era dirigido en los mismos días próximamente en que los periódicos noticiaban que la Commune de París había respetado en medio de sus furores, los Museos arqueológicos del Palacio de Tiers y del Louvre.”

Debemos admitir que los tiempos han cambiado para mejor, pero el párrafo es terrorífico. Máxime cuando no podemos estar del todo seguros de que todavía no quede algún resto de la denunciada actitud coleteando por ahí.

En estas circunstancias la Comisión prosiguió adelante y, lo que resulta difícil de comprender, consiguió sus fines hasta cierto punto. Fundó el museo y consiguió acopiar objetos. De hecho, la colección formada en esta etapa sigue siendo todavía la base de los fondos del museo. Instalaron, más mal que bien, el museo en el palacio de la Diputación Provincial, donde estuvo hasta 1938.

Vista del Museo Arqueológico en el Palacio de la Diputación (foto Garorena)Vista del Museo Arqueológico en el Palacio de la Diputación (foto Garorena)

Pero antes, de llegar a esta época, es imprescindible volver a recordar el trabajo de D. Tomás Romero de Castilla. Sin proponérselo fue un auténtico pionero de la museología en España: documentó todas las piezas que recuperaba, las catalogó ordenadamente, y en 1896-1897 publicó (de su propio dinero) una obra fundamental aunque poco conocida y por ello menos valorada de lo que sería justo por la historiografía museológica: el Inventario de los objetos recogidos en el Museo Arqueológico de la Comisión Provincial de Badajoz.

La fecha es esencial para comprender la importancia de la obra: es muy poco posterior a la publicación por Adolf Furtwängler del catálogo de escultura griega de los museos imperiales de Berlín; es un año anterior a la publicación de los Répertoires del Museo del Louvre hechos por Salomon Reinach, y también anterior a la obra fundadora de la museología moderna el Über Kunstsammlungen der alter und neuer Zeit del mentado Furtwängler. Los nombres citados, Furtwängler y Reinach, son hitos señeros y reconocidos de la historia de la museología. Don Tomás, lejos de los grandes centros culturales europeos, hizo lo mismo que hacían en ellos, estaba totalmente al día. Y como dato para que se sepa el valor del mencionado inventario: en el museo se sigue utilizando pues está muy bien hecho y cargado de información.

Ya anciano, D. Tomás dejó la secretaría de la Comisión (que no la docencia) en 1904 a los setenta y un años de edad, muriendo seis años más tarde. Fue un gigante de la cultura en Badajoz que merecería más reconocimiento local y nacional del que ha recibido.

Le sucedió en la secretaría de la Comisión de Monumentos y en la dirección de este Museo, don Antonio del Solar y Taboada, aunque no ha sido posible determinar la fecha exacta. Fueron dos personas muy diferentes, lo que es obvio por el tono de los diferentes escritos que de cada uno se conservan, mas por ello la sucesión no supuso una interrupción de la línea de trabajo del Museo. Se continuó recogiendo las piezas que las circunstancias permitían, se catalogaban, se luchaba contra la incomprensión y la incuria no tanto de la población en general sino especialmente contra la de quienes por sus cargos y potestades debían servir de apoyo y no de obstáculo. Incluso, don Antonio publicó, también a sus expensas, unas “Adiciones” al catálogo de Romero de Castilla.

Don Antonio del Solar tuvo una profunda vocación histórica, y publicó multitud de estudios (muchos en colaboración con D. José de Rújula y Ochotorena, marqués de Ciadoncha) de tema genealógico, archivístico y heráldico. Duró en el cargo hasta 1938, en plena Guerra Civil, y su cese merece ser comentado. Como es bien sabido, Badajoz tuvo su papel durante la Guerra toda vez que estaba en la frontera con Portugal de donde recibía suministros el bando autodenominado Nacional, a la vez que controlaba la estrecha ruta que unía las dos grandes áreas controladas por este bando, el norte castellano y el sur andaluz. El Gobernador Civil estimó que necesitaba el espacio en el Palacio Provincial que ocupaba el Museo Arqueológico, y ordenó que se trasladara al edificio de La Galera, a los pies de la Torre de Espantaperros y pegado a la Alcazaba, edificio que había sido cedido a la Comisión en 1918 y que ocupaba, a la sazón, un colegio. Del Solar y Taboada se opuso vehementemente, aduciendo que el barrio estaba degradado, que no era un local adecuado y alguna razón más que no viene a cuento. En 1938, enfrentarse a un Gobernador Civil era jugarse la vida, aunque don Antonio se libró simplemente con el cese y con la incautación por el Estado del museo, que pasó de la administración provincial a la estatal. Esto se realizó por la Orden Ministerial de 13 de octubre de 1938, por la que se ordenaba que el museo pasara a depender del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueológos, nombrándose nuevo director a don Samuel de los Santos.

Don Samuel, archivero titular de Córdoba, ciudad de la que había huído temiendo por su vida y refugiándose en Badajoz, estaba entonces al cargo del Archivo de Hacienda, y no tuvo más remedio que trasladar el Museo a La Galera. Este es uno de los puntos más negros de la historia del museo y que contraviene todo aquello por lo que debe trabajar un centro de esta naturaleza: el traslado ocasionó el cierre de una escuela que atendía a un sector desfavorecido de la población, escuela de la que jamás se volvió a oir hablar.

La Galera. Es un edificio precioso, magnífico, histórico (construído hacia 1552, había sido pósito municipal), pero por muchos valores positivos que le queramos buscar, no es un edificio adecuado para albergar un museo, como mucho una sala de exposición. Allí se montó lo que se pudo, más gabinete de curiosidades que exposición, confusa y apelmazada.

Vista del Museo Arqueológico en La GaleraVista del Museo Arqueológico en La GaleraVista del Museo Arqueológico en La Galera

No porque el personal del museo no pusiera de su parte. Tras el cese de don Antonio, y el retorno de don Samuel de los Santos a Córdoba, entre 1939 y 1945 ocuparon la dirección Tomás Gómez Infante, Octavio Gil Farrés y José Álvarez y Sáenz de Buruaga. De la labor de todos queda constancia en el archivo del museo. Todos realizaron una labor callada e ingrata en condiciones infames, especialmente el último de los citados, don José por antonomasia. Director del Museo de Mérida, la administración del Estado en su secular afán de optimización de recursos, decidió que por si tenía poco con Mérida se hiciera cargo además de la dirección de este museo provincial. Dos direcciones, o una doble dirección, en una época y territorio con malas comunicaciones, sin medios ni personal, y sin edificios adecuados. No obstante lo cual, don José mantuvo la actividad del museo, luchó por enriquecerlo y que las piezas arqueológicas de la provincia no se terminaran perdiendo en el marasmo de los coleccionistas privados o en la acaparación de museos nacionales, mantuvo al día la documentación e inventario del centro, y, con su personalidad calma y sin alzar la voz, garantizó que el museo sobreviviera abierto al público y con una proyección muy por encima de sus posibilidades. No una vez, ni en un solo lugar, sino en dos, en Mérida y en Badajoz, ambas a la vez. Sólo cabe decir que lo suyo fue sobrehumano, heroico en todos los sentidos de la palabra.

Don José Álvarez y Sáez de Buruaga

Don José dirigió el museo hasta 1974, cuando le sustituyó don José María Álvarez Martínez. En estos años, España estaba cambiando a mejor, y la arqueología como disciplina científica se estaba asentando. El museo seguía en la Galera, donde empezaban a acumularse los materiales cada vez más numerosos de las nuevas excavaciones. La exposición seguía siendo insuficiente, etc. etc., y absolutamente desfasada. A lo largo de todos los años mencionados, constan peticiones de nuevo edificio que reiteradamente presentaba la dirección del museo, todas desatendidas. Hasta que en los años sesenta, se decidió restaurar las ruinas del Palacio del Duque de Feria / Conde de la Roca para albergar el museo.

Como ya había una decisión tomada sobre el futuro museo, no se tomaron medidas para afrontar las necesidades presentes, reales e inmediatas, de la institución: en La Galera seguían acumulándose piezas, no se presupuestaba adecuadamente el mantenimiento del edificio, fiando la solución a todos los males a ese futuro radiante en el que se terminaría la obra y el museo se trasladaría a unas todavía hipotéticas decentes instalaciones. Como el futuro no terminaba de llegar, ni se plasmaba en ninguna realidad, en 1978, la dirección tomó la única decisión posible, cerrar el museo al público y esperar a que fuera verdad que las obras se terminaran “pronto”.

Respecto a las obras, se dilataron en el tiempo y sufrieron todos los contratiempos posibles: muerte del primer arquitecto (José Menéndez Pidal) que llevó a encargar la obra a un nuevo equipo técnico (Antón González Capitel, Antonio Riviere Gómez) con un nuevo proyecto de obra; quiebra de la empresa adjudicataria; insuficiencias presupuestarias varias. Explicar la obra en términos sensatos es imposible, fue todo surrealista. Baste decir que no terminaron del todo hasta 1989.

Entretanto, el Estado se involucró en el gran proyecto del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, y terminó encargando al director del museo de Badajoz que interviniera en apoyo de su director don José, detrayendo de su actuación y presencia en esta institución. En 1985 nombró director del museo emeritense a Jose María Álvarez Martínez, y en 1986 destinó a Badajoz a Guillermo S. Kurtz Schaefer.

Finalmente se consiguió que se ejectuaran los proyectos contratados, montar el museo y reabrirlo finalmente al público. Esto ocurrió el 25 de febrero del año de 1989. Recordemos que los museos son obras colectivas, y como todas las obras colectivas, pasa con las catedrales, su magnificencia termina sobreponiéndose a la nómina de cuantos trabajaron en ellas, en el caso de este museo:  arquitectos, constructores, peones, carpinteros, electricistas, impresores, arqueólogos, restauradores, pedagogos, vigilantes, diseñadores, fotógrafos, et alii multi. Mucha gente.

Sede del Museo Arqueológico

Es necesario mencionar un tema paralelo: Del Solar y Taboada recalcó que la Galera era inadecuada, entre otras razones por encontrarse en un barrio marginal de la ciudad. El edificio actual está dentro de la Alcazaba, entonces la parte más degradada del barrio más degradado de la ciudad. Marginal, era muy marginal, hasta el punto de que la mayor parte de las poquísimas personas que podían encontrarse en este recinto eran drogadictos. Cierto, también en la alcazaba se encontraba el Hospital Militar, ya en trance de cierre y reconversión, pero era un recinto dentro del recinto. Fueron muchas las voces dentro de la ciudad que pronosticaron que el museo sería un fracaso porque no vendría nadie, porque nadie se atrevería a subir.

Podemos enorgullecernos al constatar que se equivocaban. Vino gente, hubo visitas tanto particulares como escolares desde el primer momento, mucha gente, siempre muy por encima de los niveles mínimos que se consideran válidos para estos casos. La ciudadanía de Badajoz respondió muy bien, le gustó el museo y lo visitaba (y visita) con asiduidad. Es más, para muchos badajocenses fue una oportunidad para tomar conciencia del estado real y de los valores de su casco histórico, que sólo se había degradado por un previo abandono de la ciudadanía. Empezaron a volver y empezaron a reclamar mejoras, y es justo constatar que el museo ha sido un factor positivo para la recuperación urbanística de esta parte de la ciudad, un proceso todavía en marcha.

Desde el punto de vista de una narración histórica, aquí puede terminar, pues se ha descrito ya cómo se llegó a la situación actual del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz desde su creación, y todo lo demás es simplemente el curso normal y actual de la realidad y del funcionamiento de la institución. Simplemente cabe señalar que entre entre 2007 y 2011 dirigió el museo don Manuel de Alvarado Gonzalo, por completar en esta página la nómina de personas que han dirigido el museo, aunque una vez más es necesario recalcar que son cientos las personas de todo tipo necesarios para que esta institución exista y funcione.

BIBLIOGRAFÍA

Guía del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz

DOMÍNGUEZ DE LA CONCHA, C.: "El Museo Arqueológico de Badajoz: situación previa a su montaje definitivo”. Boletín de Anabad, XXXVIII, 1988, nº 3, pp.203-208

Kurtz, Guillermo S.: Historia del Museo Arqueológico, revista Aljibe (varios números)



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Museo Arqueológico de Badajoz
Plaza José Alvarez y Sáen de Buruaga, s/n
06002, Badajoz

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